La monóloga oración como camino hacia la verdadera teología

 

Kyrie Elesion

Εn esta reducida presentación de este gran tema, está claro que no es posible ver en amplitud, las cosas admirables que nos dicen las palabras de esta oración. En el texto presente, hará falta centrar nuestra atención en un tema que es importante para la introducción en el espacio de la teología, donde la enseñanza patrística es la subida del hombre hacia Dios. Y como camino, pero también como “espacio” de la verdadera teología, se define la oración, la cual constituye “la elevación del nus a Dios”, según san Nilo el Asceta. Y esta oración es la llamada “oración monóloga”.

En el glorioso logos “Sobre la oración” de san Nilos el Asceta,– en la famosa Filokalía- está apuntada la frase más importante sobre nuestro tema: “Si eres teólogo orarás. Si oras verdaderamente, eres teólogo”. En otro punto dice: “Si oras correcto y verdaderamente, encontrarás mucha información interior. Y vendrán contigo ángeles, como a Daniel, y te iluminarán para que entiendas los logos (razones, causas) de las cosas”.

Con estos logos, hace especial hincapié a la importancia de la oración, como el medio más importante para nuestra introducción en el campo de la teología. Algunos datos elementales intentaremos verlos a continuación.

La “oración monóloga” que debe su nombre a su brevedad característica, se llama también: oración de Jesús, oración noerá (del espíritu humano), oración del corazón, oración limpia o pura, etc. Esta oración conviene sobre todo al hombre actual que está multi-ocupado, cualquiera que sea su trabajo. Es la oración que se puede hacer siempre por cada uno de nosotros adaptándola en cada lugar y manera.

Todas las divinas energías constituyen la raíz y la fuente de los seres y las cosas. Pero para el hombre hay algo más profundo y sorprendente. Debe el hombre convertirse y hacerse templo del Espíritu Santo, hasta la misma estructura y ritmo de su cuerpo, hasta la última fibra. “¿No conocéis que sois templos del Espíritu Santo? Venerad a Dios con vuestro cuerpo y vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”

Para nuestro tema tiene especial importancia el ritmo de nuestra respiración y nuestro corazón. Y están llamados a jugar el papel más importante del esparcimiento de la jaris (energía increada) en toda nuestra existencia. Existe una correspondencia real entre nuestra respiración y el soplo de Dios. La respiración humana constituye símbolo y vehículo del soplo divino. La misma correspondencia existe entre nuestro corazón y el Jesús Cristo. El corazón constituye el centro de nuestra existencia. Y diciendo corazón, no debemos entender sólo el corazón carnal, sino también el espiritual, que es la sede y el centro de nuestro espíritu. Nuestro corazón ilumina toda nuestra existencia y la jaris en él, también actúa y funciona espiritual y corporalmente.

Correspondientemente el Jesús Cristo es el centro del Cuerpo espiritual que se llama Iglesia. De este centro emanan eternamente la luz y la jaris (energía increada) en la Iglesia, como fuente insaciable; pero también en todo el universo, puesto que: “todo se hizo por Él, y sin Él nada se hizo de todo lo creado” (Jn 1,3).

Con el corazón está unida la sangre. Y la sangre corresponde al agua primitiva, que está regado por el fuego del Espíritu Santo: “Y el Espíritu de Dios estaba sobre las aguas” (Gén 1,2). También la sangre es roja y caliente como el fuego. Y como es sabido, en nuestra Iglesia, cuando tomamos la Divina Efjaristía, comulgamos la sangre caliente del Señor. Por eso, después de la santificación de los Regalos Honrados, se añade al santo Cáliz agua caliente, que simboliza “el calor del Espíritu Santo”.

Así vemos que se define en la espiritualidad ortodoxa la relación soplo o respiro-corazón y Espíritu Santo.

Pero no hace falta en estos temas que busquemos una explicación de acuerdo con la horizontal ciencia humana, que se ocupa de las causas y las causadas. Estos temas constituyen objeto de gnosis (increada) espiritual a otro nivel y otra dirección; a la medida que pueda caber en la limitada naturaleza humana nuestra; esto lo entiende uno, según la gnosis espiritual, vertical y supergenial, que tiene sus leyes propias y nuestra lógica. Y esto, claro está, con la ayuda de la divina luz (increada) en Espíritu Santo.

Con el corazón está unido nuestro nus y nuestra diania (mente, cerebro). Según la percepción patrística, la sede del nus es el corazón, y el nus no es solamente la energía lógica, sino también la energía voluntariosa y la emocional, siempre con sede el corazón.

El nus energiza o se mueve hacia fuera, se difunde y se dispersa. En su estado natural se encontrará sólo cuando con su regreso a su centro, al corazón, adonde salta de su estado contra-natural que se encuentra ahora, a su estado natural.

Cuando el nus regresa atrás en su corazón y se une con ello, entonces el corazón se hace órgano adecuado para una gnosis existencial completa y múltiple. Por eso, no es una gnosis seca, intelectual y extranjera sobre lo conocido, sino una gnosis agapítica-amorosa. Porque sólo la agapi-amor constituye la fuerza gnóstica exclusiva, la unificadora y conectadora del sujeto conocido y el objeto conocido. Esto significa traspaso del hombre entero dentro de la luz (increada) de la divina gnosis en Espíritu Santo.

El Dios con su divino soplo, es decir, el Espíritu Santo, dio vida al sin psique   cuerpo humano. Lo mismo se repite espiritualmente también ahora. Cuando el hombre se despierte y perciba “de dónde viene y a donde va”, siente que, sólo con la jaris del Espíritu Santo puede metamorfosear, convertir su “cuerpo psíquico” en “cuerpo espiritual” (1ªCor 15,44), ya desde esta vida.

La energía inicial de Dios, en este punto a lo referente al hombre, es que fue creado “como imagen y semejanza” de Dios. Pero por su caída, se oscureció al hombre  el “como imagen”. Pero esta imagen fue restablecida por Jesús Cristo. La importancia y la singularidad, por parte nuestra, está en el hecho de concienciación de la incorporación-ensomatización nuestra en Él, que vuelve abrir para nosotros el camino teántrico (divino-humano) para nuestra sanación, santificación y perfección. Y la invocación es: «Κύριε Ιησού Χριστέ, Υιέ Θεού, ελέ ησον με τον αμαρτωλόν Señor, Jesús Cristo, eleisónme* que soy pecador (enfermo)».

*«Κύριε ελέησον»  “Kirie eleison” es una calificación general de cada necesidad mía, de cada caso mío, de lo que me pasa y de lo que quiero y como no sé lo que voy a pedir, entonces digo a Dios, eleisón me” o “kirie eléison”, y Él sabe lo que me va a dar. Eléison significa ten compasión, misericordia, sanación, ayuda, alivio, consuelo.

Es tiempo de hacer un pequeño análisis teológico de esta oración.

En todas las religiones, la invocación del nombre de Dios, aparece que tiene una especial eficacia e importancia; Porque el nombre es portador de una presencia activa y viva. Un poco diferente son las cosas en el A. Testamento. El A. Testamento revela al Dios vivo en su consumadísima inefabilidad y transcendencia. Su nombre constituye un misterio terrible. En el A. Testamento no tenemos una familiarización del Nominado, sino consagración del nominado y del invocador. Los judíos no tienen derecho a expresar el nombre de Dios. Sólo el gran Sacerdote, y él solamente una vez al año, podía expresar el terrible nombre de Dios, durante la fiesta de la expiación. Por eso se había sustituido el nombre de Dios con el nombre Adonai. Y para los judíos la santificación del nombre de Dios significaba martirio.

El más allá de cada nombre, Señor, que es el Ων (on, el ser, el existente o la existencia), se hizo hombre, por infinita agapi-amor a su creatura. Y como hombre se llamó Jesús, significa que como es eterno, sana, salva, libera y coloca en lugar amplio, al hasta ayer sufrido y entristecido hombre.

La invocación del nombre de Jesús Cristo es recuerdo de su vivificante presencia y se ofrece en su la Iglesia como misterio del Resucitado. ¡He aquí, yo estaré entre vosotros todos los días, hasta el final del siglo” (Mt 28,30). La invocación del nombre de Señor Jesús Cristo, ya como oración del corazón o “como oración de Jesús”, se formalizó definitivamente durante el siglo 13º en la Santa Montaña Athos y tiene: a) carácter doxológico, de alabanza b) carácter invocador en metania.

a) El carácter doxológico-glorificador de la palabra “Kirios-Señor”. La palabra “Señor” subraya la Deidad del Jesús Cristo y le reconoce como soberano de toda la creación. “Se me ha dado todo el poder en el cielo y la tierra” (Mt 28,18). Con esta invocación glorificadora, se exorciza a toda fuerza, potencia de este mundo y se relativiza.

“Jesús Cristo”: El título de Jesús es “Cristo”, es decir, Mesías. “Nadie puede decir al Señor, Jesús, sino en Espíritu Santo” (1ªCor 12,3). El reconocimiento de la soberanía de Jesús, es decir, que es el Mesías, no es fruto de la fuerza gnóstica del hombre, sino apocálipsis (revelación) del Espíritu Santo.

Así que en esta Invocación tenemos presencia de toda la Santa Trinidad y vivencia de su misterio Cristológica y sotiriológicamente  (salavadoriamente). Finalmente la frase: “Hijo de Dios”. Estas palabras de nuestra invocación nos envían al Padre celeste, que es la fuente y la raíz de la Deidad.

b). eléisón me que soy pecador (a). «Ελέησόν με τον (την) αμαρτωλόν (-ην)»

Esta súplica está unida con la metania del orante, que pide la misericordia del Señor y el restablecimiento de la agapi-amor del Señor perturbada por muchos ataques con toda su vida.

De acuerdo con lo que nos dicen los grandes didáscalos-maestros antiguos y nuevos, esta oración puede reducirse solamente en el nombre de Jesús, sobreentendiendo todo lo demás. Entonces exactamente es oración “monóloga” esencialmente, puesto que está constituida por una sola palabra. Lo máximo que se puede hacer sobre su forma son dos palabras: “Jesús mío” o “Kirie eleision”.

Esta oración tiene como objetivo a energetizar, activar en nuestro interior la jaris (energía increada) bautismal.

La vida eterna empieza desde el momento que el hombre recibe “el segundo nacimiento”, el “renacimiento”, la “pequeña resurrección”, es decir, el Santo Bautismo.

Cuando nos bautizamos nos sumergimos al agua santificada y así bajamos como materia no curtida y amorfa y nos elevamos adquiriendo forma de toda la belleza deslumbrante y sobrenatural. Después resucitamos y despertamos de la muerte.

Pero la energía increada de la iluminación, la santificación y de esta resurrección (o despertar espiritual), está escondida en las profundidades del inconsciente, que ya deja de ser lo que era, porque esconde en su interior la presencia de Dios, la cual levanta y unifica la persona. Y tal como observa san Diádoco de Fótica, antes del Bautismo en las profundidades del corazón del hombre se esconde el satanás, mientras que fuera del corazón permanece el Dios. Con el Bautismo se expulsa del corazón del hombre el diablo y se instala el Dios. (Logos ascético).

Pero esta santificación requiere siempre más una participación concienciada a la muerte y resurrección de Cristo; porque nos hemos bautizado como partícipes también de estos dos elementos: “Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo y morimos, para que así, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros caminemos en nueva vida. Porque si hemos llegado a ser congénitos con él, por una muerte semejante a la suya, también lo seremos de la resurrección”, (Rom 6,4-5).

La santificación nos es una concienciación noética-mental alta, sino una resurrección y metamorfosis en Cristo Jesús resucitado. La vida cristiana finalmente significa una adquisición del Espíritu Santo. Por eso, el santo Bautismo está inseparablemente conectado con el Misterio (sacramento) del Crisma (Crismación). El bautizado, al ser crismado en varios puntos del cuerpo se constituye en antro y hogar del Espíritu Santo energetizado por su Jaris (gracia, energía increada) y metamorfoseado en Jesús Cristo.

Pero todo se completa con nuestra participación también en la Divina Efjaristía. Con este misterio estamos viviendo un eterno Pentecostés, por el que se renueva la semilla de la zéosis en las profundidades de nuestra existencia, porque nos ensomatiza, incorpora al Jesús Cristo haciéndonos uno con él… “Hemos visto la luz verdadera, hemos recibido Espíritu celeste…”, psalmodeamos después de la divina Comunión-Efjaristía en la Divina Liturgia. Y la divina Comunión-Efjaristía se ha hecho “en kinonía-comunión, unión del Espíritu Santo”.

La oración, pues, de Jesús constituye una revisión de la experiencia y un revivir cada vez de todo el misterio de nuestra sanación y salvación. Por eso también los frutos son múltiples. Cuando esta oración se ejercita, tal como es debido, y se haya convertido uno con la psique, entonces el orador descubre:

-“al hombre escondido del corazón” (1ªPed 3,4),

-la “en Espíritu y verdad” veneración y culto a Dios” (Jn 4,23),

-la “realeza (increada) de Dios que está en nuestro interior” (Lc 17,21).

-La percepción del espíritu Santo. “El Espíritu Santo percibe nuestras enfermedades. Porque no sabemos como pedir y orar, pero el mismo Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Rom 8,26).

– La permanencia de Jesús en nuestro corazón, según su afirmación: “Permaneced en mí, y yo en vosotros” Jn 15,4).

-La entrega del corazón a Dios: “hijo mío, dame tu corazón”, (Prov 23,26).

-Lo “vestíos del Cristo” (Rom 13,14).

La oración de Jesús o la oración de corazón” vivida, conduce la psique a un “estado compuesto de Jesús”, tal como recalcan con énfasis y con experiencia personal los Padres Nípticos.

“De la memoria perpetua y la invocación de nuestro Señor Jesús Cristo, se crea un estado estable del nus, si no descuidamos o abandonamos la invocación espiritual incesante, la continua nipsis y el trabajo de la atención. Tengamos, pues, como trabajo nuestro continuo, la invocación del Señor Jesús haciéndola con el corazón, que estando candente, clama de manera que comulgue literalmente el nombre Jesús. (San Hisijio a Cristódulos). Y en otra parte añade: “Es realmente bienaventurado, feliz el que así con su diania (mente, cerebro) se ha pegado a la oración de Jesús y le habla incesantemente con voz alta en su corazón, tal como se ha unido el aire con nuestros cuerpos o como el fuego está unido con la vela. El sol material pasando encima de la tierra hace que sea de día. El piadoso y santo nombre de Jesús, alumbrando continuamente en la diania (mente, cerebro), genera incontables conceptos, pensamientos luminosos como el sol.

 “Cuando las nubes se esparcen, la atmosfera se ve limpia. Y cuando el Jesús Cristo, el sol de la justicia haya esparcido las fantasías y las proyecciones de los pazos, es natural que siempre nazcan al corazón conceptos, pensamientos enteramente iluminados y en forma de estrellas, porque la atmosfera se iluminó por Jesús.”

“Con oración incesante se limpia la atmosfera de la diania (mente, cerebro) de las nubes oscuras de los astutos malignos espíritus. Pero cuando sea limpiada la atmosfera del corazón, es imposible que no ilumine en él la divina luz (increada) de Jesús.”

La característica particular de nuestra época es la tremenda influencia que ejerce el ambiente social en cada uno de nosotros. Son conocidos los medios de esta influencia. No hace falta que los mencionemos. Nos interesa el hecho que esta influencia también se instruye al creyente de nuestra época con repercusiones especiales en su espiritualidad y en toda su vida. No es extraño, que por eso comprobamos una confusión intensa, una situación letárgica, pesada, que provoca una inquietud seria a cualquier hombre espiritual que está dolido por lo que comprueba.

Pero no es sólo la influencia exterior, que antes hemos comentado, la causa de la depravación y de la alteración devastadora de la conducta interior de nuestros creyentes de hoy. Tenemos también sus causas interiores. Y estas, sobre todo, ayudan a la revivificación del hombre antiguo en nuestro interior; el cual busca con certeza y pasión incontenible “derechos” perdidos.

Es verdad, cuántos de nosotros no lloramos nuestra caída interior que comprobamos en nosotros mismos que no tenemos nostalgia de días antiguos llenos de celo sagrado y decisiones santas, que para el cumplimiento de estas dábamos sin dudar hasta nuestra vida, aún con el peor martirio. ¿Y ahora qué? Parecemos plantas, en una vida terrenal, corrupta y animal –el primero yo- nos asemejamos a los animales, (Sal 48,13).

Es muy dura esta característica o comprobación. Que me sea perdonado este atrevimiento, que no es personal, sino general, desgraciadamente para la mayoría de nosotros. El que se identifica con esto, que saque sus conclusiones para sí mismo. Porque algunas conclusiones y consecuencias provienen de este autoconocimiento. Y una consecuencia que podía salir es esta: ¿Cómo podríamos reaccionar comprobando este desgaste en nuestro hombre interior y exterior? ¿Qué otra reacción sería más adecuada que la sacudida de encima nuestro de este letargo espiritual, del despertar brusco contra él y del intento activo en alerta? Esta reacción, en el lenguaje santoescrito y patrístico se llama nipsis. La cual, según san Juan el Crisóstomo, se califica como una muy intensa alerta, vigilancia y atención.

Sobre este tema la Santa Escritura nos dirige muchas e intensas peticiones,  como también nuestra Iglesia, que las transforma en ruego cordial y oración. Aquí nos bastaremos en una elocuente comprobación-sugerencia del santo apóstol Pablo: “Vosotros, hermanos míos, no os encontráis en la oscuridad, para que os sorprenda el día de la presencia del Señor. Todos vosotros sois hijos de la luz y del día. No nos encontramos y no pertenecemos en la noche ni en la oscuridad. Por lo tanto, no durmamos al sueño de la negligencia y ociosidad. Tal como aquellos que están alejados de Cristo y viven en esta situación. Al contrario, que estemos despiertos, vigilantes y atentos. Los que duermen, se duermen por la noche y los que se emborrachan se emborrachan por la noche. Pero nosotros que somos hijos del día, estemos despiertos, atentos y vigilantes.”

La importancia vital de la nipsis entona de una manera variada también la oración litúrgica, basta que uno para comprobarlo, mire con atención el libro que se llama Paraclitikí. Exactamente después de la consagración de los Santos Regalos, la Iglesia entre los otros elementos espirituales básicos e imprescindibles que pide para la vida de los partícipes del Cáliz de la Vida, ruega que la divina Comunión (Efjaristía) resulte para ellos en “nipsis de la psique”.

Como el tema de la nipsis es el más importante de la espiritualidad ortodoxa, es muy puntual siempre y particularmente para cada uno de nosotros que comprobamos su falta en nuestra vida espiritual, deberíamos poner especial atención sobre este tema. Es cierto que no es posible en este pequeño espacio presentar la analogía que le corresponde este tema tan extenso. Algunos aspectos sólo nos referiremos aquí, esperando que si el Señor quiere, en el futuro hacer un análisis más extenso y completo que estamos diseñando.

Para considerar y entender este tema, hemos creído que el más adecuado instructor nuestro, es una figura patrística santa, san Hisiquio de Jesusalén, que está contenido en nuestra conocida Filocalía. Allí está descrita una tesis admirable sobre este tema. (Ver categoría Nipsis)

† Yérontas Eusebio Vitis

Cruz

Tr. xX.jJ

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Oración. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s