1er Domingo de Cuaresma, el día de la Ortodoxia I

El día de la Ortodoxia

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El Domingo de la Ortodoxia no se afronta por nuestra Iglesia como un simple Domingo. Toda la teleturgía (ritual) del día muestra su particularidad, puesto que en esencia proyecta todos aquellos elementos que constituyen el contenido de la fe y la vida de la Iglesia. El  Sinodikón (libro sobre los sínodos) de la Ortodoxia viene a confirmar la convicción de la Iglesia, de que la misma se encuentra al mundo no como un clon del árbol del Cristianismo, como creen diversos herejes, sino el mismo árbol, la extensión de la verdad del Señor, “el Cristo prorrogado en los siglos” según la conocida frase de san Agustín.

«Como los Profetas han visto, como los Apóstoles han enseñado, tal como ha recibido la Iglesia, tal como los Didáscalos-Maestros han dogmatizado, tal como la Οικουμένη (Icumeni- la tierra habitada)  ha estado conforme, tal como respalndeció la jaris (gracia, energía y luz increada)… y tal como el Cristo ha apremiado, así actuamos, así hablamos y así predicamos a Cristo el verdadero Dios nuestro… » «Esta es la fe de los Apóstoles, esta es la fe de los Padres, esta es la fe de los Ortodoxos y esta fe ha apoyado la Icumeni, es decir, el mundo entero.

En otras palabras, nuestra Iglesia proclama que si uno quiere tener una relación correcta con el Cristo, si quiere verLo inalterado y auténticamente, debe incorporarse en su cuerpo, hacerse miembro de ella y bautizarse Cristiano Ortodoxo. Porque esta es la única Iglesia que continuó y continúa viviendo y viendo las cosas de acuerdo a los requerimientos de Cristo y los Apóstoles. En un mundo que proyecta muchos focos deformantes y que dentro del cristianismo se presentan fenómenos de múltiples divergencias y desviaciones, la Iglesia Ortodoxa nos coloca inmediatamente en línea recta hacia la Apocálipsis=Revelación de Cristo. O mejor dicho: El mismo Cristo mantiene abierta Su icona=imagen y Su presencia en el mundo a través de Su cuerpo vivo, la Iglesia Ortodoxa.

Los anteriores no son coronas intolerantes. No tiene que ver con fanatismos y orgullos intrusivos. Es la voz de la responsabilidad, conciencia y sentimiento del peso de aquellos que se comprometieron a proteger como las Termópilas la fe. Es la voz de nuestros Padres y nuestros Santos, que han dado hasta su sangre para salvaguardar inalterada la Tradición de Cristo y los Apóstoles. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser sanos y salvos (Hec 4,12)”, esto es de los Hechos de los Apóstoles, cuando hablaban sobre Jesús Cristo.

La intolerancia y el fanatismo son asuntos baratos. Se agotan con griteríos y charlatanerías y peor aún con violencias que provocan los pazos del hombre y giran contra su semejante. Pero la batalla para la fe ortodoxa es una lucha que requiere hasta la muerte del mismo ortodoxo para que el mundo viva. Es decir, el ortodoxo cristiano se comporta en su lucha como el mismo Cristo. Tal como Aquel vino para traer la vida pero de Su muerte, de la misma manera también el auténtico fiel de Él: ¡muere él mismo a favor del bien del otro!

Obviamente ortodoxo no es el que simplemente habla logos correctos. El que cree que la ortodoxia es un tema sólo de logos correctos está extremadamente engañado. El Señor lo confirmó: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en la realeza increada de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7,21)”. Así que ortodoxo es aquel que vive la fe ortodoxa, correcta, aplicando y cumpliendo la voluntad del Padre Celeste. Es decir, aquel que cree al Cristo y ama a su semejante. Porque este mandamiento nos ha dado el Señor: “Y este es su mandamiento importante y básico: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesús Cristo, y que nos amemos de verdad los unos a los otros” (1ªJn 3,23).

Además, no debemos olvidarnos esto que reiteradamente recalca el logos de Dios: una ortodoxía sin ser infundada de la misma vida, más allá de la hipocresía, consiste en una memoria temporal. Poco a poco se degenera hasta perderse totalmente. Santiago de forma de supervisión, escribe: “Porque si uno escucha el logos y no lo practica, éste es semejante al hombre que mira en un espejo su rostro natural y, después de haberlo visto, se olvida en seguida de como era” (Sant 1,23-24).

Pero tal vez uno ponga el argumento razonable de forma opuesta: ¿no es posible para uno vivir ortodoxamente sin ser ortodoxo? ¿Es decir, vivir la agapi (amor, energía increada divina) sin creer en Cristo? La contestación por muy absoluta que parezca es no. Uno no puede amar, o sea, actuar ortodoxamente sin la análoga fe. Porque la agapi por la que habla el Cristo es la agapi que Aquel ha mostrado y vivido. No es la agapi de una emoción que abarca solamente a los nuestros, sino una agapi que se mueve al espacio de nuestros enemigos y nuestros objetos, una agapi que se convierte en un abrazo enorme para todo mundo. “12 Este es mi mandamiento: «Que os améis unos a otros, como yo os he amado.» 13 Nadie tiene mayor agapi-amor que este, que uno ponga su psique-vida por sus amigos” (Jn 15,12-13)

¿Pero quién puede alcanzar al punto de agapi también para el enemigo? La naturaleza humana no llega hasta allí. Las buenas reservas se agotan rápidamente. La emoción humana no puede vencer la injusticia y la mala astucia de nuestro enemigo. Se requiere energía sobrenatural: La jaris (gracia, energía increada) del mismo Cristo Dios, para hacer capaz al hombre ver, hasta dentro de la maldad del prójimo, la imagen de Dios, al mismo Cristo?  ¿Qué ojos más allá de los ojos de la fe en Aquel pueden ver así? ¿Qué corazón puede amar con el desinterés de Cristo?, sino el corazón que lleva a Cristo y tiene Su jaris (gracia, energía increada) operativa a causa del santo bautizo.

Así que la afirmación y persistencia de que el hombre fuera de la Iglesia puede amar como el Cristo es un engaño y una utopía. Más bien todo lo contrario. La entonación de la agapi también hacia el enemigo es calificado por el no creyente como un romanticismo incurable e ingenuidad. Para él esto ofende hasta el sentido de la justicia humana, por eso es rechazado sin discusión. De modo que sólo el creyente ortodoxo, que vive y respira el aire de la Iglesia Ortodoxa puede amar de la misma manera que el Cristo. Solamente el que cree correctamente puede actuar también correctamente.

Con lo anterior se hace claro que la lucha para la verdad de la fe es una batalla para la verdad del mismo hombre: conservar su verdadero rostro y el hombre poder amar. Permanezco en la iglesia Ortodoxa significa que permanezco a Cristo y permanecer a Cristo significa que puedo amar: sencilla y verdaderamente todo el mundo, en toda la tierra, sin fronteras ni barreras. Esto exactamente hacían todos nuestros santos. Amaron a Cristo y mostraron también la verdadera agapi increada hacia sus semejantes.

Por eso cuando hablamos sobre Iglesia Ortodoxa, nuestro pensamiento no debe ir en unos clérigos, tal vez en unos laicos, que puede que no lleven correctamente la fe. Nuestra mente y pensamiento debe ir a nuestros santos. Nuestros santos son las fronteras y los límites de nuestra ortodoxia, porque en ellos se revela el mismo Cristo nuestro. Ellos son la prorrogación de Él en el mundo, tal como lo ha expresado también el gran apóstol Pablo, para muchos el más santo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gal 2,20).

En realidad los santos muestran qué significa apocatástasis-restablecimiento de las imágenes –que es lo que festejamos históricamente en el Domingo de la Ortodoxia. Con la jaris (gracia, energía increada) de Dios han restablecido la imagen de Aquel en sus interiores, por eso honrándolos, en realidad honramos y alabamos a Cristo, según, otra vez, el libro Sinodikón de la Ortodoxia.

La fiesta de la Ortodoxia no es un festejo de triunfos. Si permanecemos en los laureles del pasado, no hacemos otra cosa que imitar a los judíos, cuando en su decadencia se jactaban y enorgullecían por sus antiguos esplendores. La valoración para nosotros en este caso nos está dada por el Señor: “No os conozco” (Mt 25,22). La fiesta debe llevarnos a una dura autocrítica y decisión hasta la muerte, para vivir como el Cristo y los Santos. Si la Ortodoxia no la vemos así, tal vez es mejor que no la veamos, porque lo único que hacemos entonces es acumular más ira para nosotros en el día de la Krisis-Juicio. Amín.

Sacerdote Georgios Dombarakis

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