2ª Parábola Fariseo y el Publicano

 

9 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: 10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano, (yo soy virtuoso). 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios mío, compadécete de mí, soy pecador. 14 Os aseguro que éste descendió a su casa justificado, salvado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado (y condenado de Dios); y el que se hace humilde será enaltecido (y glorificado de Dios).

 

 TelonisFarisaios1
 
A medida que podáis, intentar expulsar las toxinas o tóxicos espirituales, los pazos, para adquirir vuestra salud espiritual.

Por ejemplo, acordaos del fariseo y del publicano. El fariseo tenía obras, pero también mucho orgullo. El publicano tenía pecados, pero tenía reconocimiento de sí mismo, humildad y quebrantamiento del corazón, -que es lo más importante que el Cristo Dios pide del hombre-, por eso se salvó. ¡Habéis visto en un icono, cómo lo tienen al fariseo! Indicando con el dedo al publicano: «¡no soy como éste…! » El pobre publicano se escondía detrás de una columna. No tenía valor de mirar alrededor suyo. ¡Y el fariseo indicó a Cristo Dios donde está el publicano! ¿Lo veis? ¡Es como si el Cristo Dios no supiera que era publicano! El fariseo hizo todo típicamente, pero todo se perdió. ¡Veis lo que hace el orgullo! Cuando un hombre tiene pecados y no tiene humildad, entonces tiene los pecados del publicano y el orgullo del fariseo. “¡doble… carismas o dones!”

Yerontas Paísios el Aghiorita

 
«Cualquiera que se enaltece, será humillado y condenado de Dios;» (Lc 18,14)

Hoy, queridos míos, empieza el Triódion. Empieza con la voz del Publicano (recaudador de impuestos), «Dios mío, compadécete de mí, soy pecador Ὁ Θεός, ἱλάσθητί μοι τῷ ἁμαρτωλῷ» (Lc 18,13). El Triódion dice en todos nosotros hoy: Hombres orgullosos, soberbios haceos humildes. Nos presenta la parábola del publicano y del fariseo, que es conocida en todos nosotros.

Hoy, más sencillo aún, el Triódion nos indica dos caminos y nos deja elegir. Uno es el camino que conduce al acantilado, la perdición y el otro al cielo. ¿Cuáles son estos caminos? Uno es el camino del orgullo y el otro de la humildad. Orgullo y humildad, dos caminos de vida. ¿A quién seguimos? El primer camino es seguido por el fariseo; al segundo, es seguido por el publicano (recaudador de impuestos).

Hoy la humildad es una cosa rara. Más fácil encuentras en el mundo un diamante que un humano humilde, una mujer, un hombre y aún un niño humilde. Vivimos en el siglo del orgullo, de la soberbia. Por eso me permitiréis decir algo sobre el orgullo. No quiero hoy deciros que el orgullo es el pecado líder, aquello que derrumbó al primer arcángel de los cielos y le convirtió en diablo. Tampoco os quiero hablar que el orgullo es lo que cierra la puerta del cielo para siempre y que ningún orgulloso pasará la puerta del Paraíso. Os hablaré de una manera, algo como más bajo, algo más material y con el lenguaje social. Os diré que el orgullo no tiene consecuencias sólo en la otra vida, en la cual creemos firmemente, sino también en la vida aquí en la tierra; Y que el orgullo es un elemento disolutivo, catastrófico y mortal para las personas, las familias y las naciones.

Abrimos un gran tema, queridos míos, es un océano. En brevedad os presentaré algunos tipos de orgullosos contemporáneos. Orgullosos que no se jactan sobre sus virtudes, como el fariseo, sino por cosas muy inferiores. ¿Cuáles son estas?

Si queréis ver un hombre orgulloso, primero lo veréis en casa. Es el niño, el pequeño fariseo. Los padres le han vestido con las mejores prendas, le han dado dinero… Pero estas cosas le destruirán, y los padres pagarán con interés y tasas de interés el orgullo o la soberbia que le cargan.

Un otro, aprendió algunas letras, hizo unos estudios y tomó un papel o título y le ves que cuando va en su pueblo no va ayudar a su padre que trabaja en el campo o con los animales. Cree que perderá su dignidad. Permanece vago. En cambio en otros pueblos los hijos ayudan a los padres, en cambio el joven orgulloso no quiere trabajar en lo que sea.

Ves a otro, que es maduro, tratar de todos los medios indecentes para subir al poder. Sin valer realmente ocupa los más grandes axiomas o despachos. Y cuando se hace mayor piensa servir al pueblo, pero día y noche se proyecta a sí mismo, su yo, su ego orgulloso, farisaico y eosfórico (luciférico o demoníaco).

Y mirad por donde una chica se le ha pasado por su cabeza que es una belleza, un talento excepcional. Ella la ves que va al colegio, aprende algunas letras, va al conservatorio y aprende a cantar, a tocar el piano, el violín o cualquier instrumento y enseguida ella se hace destacar de las demás, cree que es importante. La piden en matrimonio jóvenes dignos para familia, trabajadores y saludables y ella espera el príncipe del cielo. Y como el príncipe no viene, la ves marchitarse, amargarse y destruirse, resulta una vieja solterona. Y junto con ella sufre el padre, la madre y toda la familia. En cambio la joven humilde del barrio, que no tiene estas ideas orgullosas, se casa con un joven trabajador y hacen una vida feliz, cimientan la casa con base la humildad; y así de esta casa salen hijos que honrarán y deleitarán los padres. El orgullo, pues, no sólo cierra la puerta del paraíso, es el que esparce desgracia aquí en la tierra. Ay de las casas que tienen padres orgullosos, hijos e hijas. Pero, hermanos míos, el orgullo no está solamente en la casa, está en todas partes. Se enorgullecen los trabajadores, se alardean los capitalistas, los funcionarios, los políticos, los gobernantes y los reyes, aún más que nadie se jactan los científicos de hoy. Los científicos alardean que la ciencia lo conseguirá todo. Los hombres de hoy en día parecen con aquellos que después del cataclismo intentaron construir una torre alta y de repente su obra se interrumpió. Aquella torre quedó así a medias, porque hubo confusión de lenguas y ellos se dispersaron. Nuestra generación se ha enorgullecido y alejado tanto de Dios que se ha convertido en apóstata (tránsfuga o traidora de Dios); por eso hay el peligro que esta torre suya, la cultura, caer en ruinas y se aplique otra vez: “…cualquiera que se enaltece, será humillado y condenado de Dios; y el que se hace humilde será enaltecido y glorificado de Dios” (Lc 18,14). Estos logos de nuestro Señor son eternos.

¡Espera hombre orgulloso! ¿Dime por favor, eres rico como Abraham, eres glorioso como David, eres sabio como Salomón? Entonces, escucha pues, a los que han llegado a lo alto, cómo se expresa la miseria y la pequeñez de la vida humana. Abraham dice: “Yo soy tierra y ceniza” (Gén 18,27). David dice esto que psalmodea la Iglesia:  “cada hombre se marchita como una flor y se borra como un sueño” (Sal 89, 5-6). Y Salomón al final de su vida escribió algo que es la conclusión de la experiencia del hombre: “Vanidad de vanidades, todo vanidad” (Ecl. 1,2). ¡He aquí, pues, lo que eres hombre, eres un gusano que se arrastra por la tierra!

Pero yo, me dirás, no me alardeo por mi riqueza, ni me jacto de mis virtudes, oraciones, caridades, tampoco por mi devoción y santidad. Por muy alto que hayas llegado, nunca puedes llegar nuestra Panayía, que es la más “alta de los cielos”. A pesar de eso nuestra Panayía tenía actitud y conducta humilde y decía: “El Señor contempló sobre la humildad de su sierva” (Lc 1,48). Por muy santo y milagroso que seas nunca podrás llegar al apóstol Pablo que llegó hasta el tercer cielo. Sin embargo, el apóstol Pablo que vivía en Cristo decía: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gal 2,20); y que “el Cristo vino al mundo a sanar y salvar a los pecadores, de los cuales el primero y más grande pecador soy yo” (1ªTim 1,15).

Hermanos míos, en conclusión; No andemos el camino del orgullo que caminaron el eosforos (lucifer o demonio) y el fariseo y fueron destruidos, sino todos andemos el camino de la humildad, este que caminó el publicano con la oración: “Dios mío, compadécete de mí, soy pecador” (Lc 18,13), que es el camino que caminó el humilde y apacible Jesús. Este camino tenemos que andar. Gritemos pues todos “Dios, compadécete de mí”. Y el Domingo que viene junto con el hijo Pródigo, gritemos lo “he pecado” (Lc 18,13). Y avanzando pasar por todos los escalones del Triódion y de la Gran Cuaresma, para llegar al Viernes Santo y decir junto con el ladrón: “Acuérdate de mí Señor….” (Lc 23,42).

Y al final llegar a la gloriosa Resurrección del Señor y decir: “Cristo Salvador los ángeles en los cielos cantan tu resurrección y nosotros en la tierra haznos dignos en corazón sano y puro a glorificarTe y alabarTe” (Canto de Pascua). Amín.

†Obispo Agustín, homilía grabada en san Atanasio de Atenas en 29-1-1961
 
10 «Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.»

α. Uno está considerado santo y el otro pecador y se encuentran al mismo lugar del templo, para orar. Uno es Fariseo, lleno de virtudes, que se reconocían en la praxis, acción y es condenado: su oración es rechazada. El otro, Publicano, lleno de pecados e injusticias, se salva: su oración es aceptada de Dios. En el principio del Triódion, del período bendito que converge en la Cruz y la Resurrección del Señor, nuestra Iglesia proyecta esta escena subversiva. Para recordarnos que uno es nuestro camino para andar en este mundo: el camino del clamor publicano: “Dios mío, ten compasión de mi que soy pecador”. ¿Qué ocurre finalmente?

β. 1. Y los dos, tanto el Fariseo como el publicano, llevan a cabo algo que de primera vista parece bueno: orar. Universalmente y en todas las religiones, la oración es considerada como una superior acción y energía de la psique del hombre, sobre todo por excelencia en el Judaísmo y en el Cristianismo. El Judeo-cristianismo entiende la oración como fruto del primer y gran mandamiento, de la agapi hacia Él. “Amarás al Señor tu Dios, con toda tu psique, con toda la fuerza de tu corazón, con toda tu mente y con toda la energía de tu voluntad”

Te diriges hacia Dios y dialogas con Él, a Quien estás llamado a amar en su totalidad, porque te ha creado, te cuida, te gobierna y es tu juez final. Sobre todo con el dato de que estás creado “como imagen y semejanza de Él”. Incluso más, allí donde la oración se considera que es lo más necesario y natural para la existencia del hombre, sobre todo un tema de vida  y muerte, es en la fe cristiana. Porque el Cristo viniendo al mundo tomó al hombre, le unió Consigo Mismo, le hizo miembro Suyo, algo que se energiza, activa en la Iglesia con el misterio del bautismo, de la crismación y de la participación en metania de la Divina Efjaristía.

No es casualidad que san Gregorio el Teólogo dice que la oración es más necesaria que de la misma respiración, es la vida misma del hombre. Tampoco es casualidad que san Juan el Clímaco define la oración como “consubstancia del hombre con Dios”

2. ¡Sin embargo! esto que se considera necesidad y vida, se puede hacer olor a muerte, catástrofe y desgracia para el hombre. Que significa: puede que estés orando, pero tu oración sea ineficaz y rechazada, que el Dios gire Su rostro de ella. ¿Y eso por qué?  Porque no la oración por sí misma, sino la manera que realiza uno la petición. Ocurre algo semejante con cualquier cosa que se considera bueno y virtuoso: no la apariencia, sino la esencia, “el corazón” es aquello que da color positivo. La caridad por ejemplo. No basta sólo dar a los demás. Lo importante es dar con el corazón, esto es lo que cuenta y ve el Dios. “El humano es persona y el Dios ve al corazón”. El Señor bendijo los dos céntimos de la pobre viuda y no lo mucho que ponían los Fariseos en el gazofilakio.

Porque la viuda dió de su carencia, toda su fortuna, en cambio los otros de sus sobras. En el ayuno lo mismo. Otra vez el Señor condenó los Fariseos, porque hacían ayuno para “aparentar a los hombres”.

3. ¿Por qué fue reivindicada, se hizo justicia, la oración del Fariseo? ¿Cómo esto que parecía gustado por Dios fue condenado?

(1) Porque el Fariseo dice la parábola, no paró frente Dios, sino frente suyo. Es decir, su oración era una referencia doxológica, alabante al ídolo (reflejo) que había creado para sí mismo. El sí mismo lo “incensaba” con las palabras de su oración, teniendo como incienso sus supuestas virtudes. Las virtudes del Fariseo no eran fruto de la presencia de Dios en su vida, -esto que recalca el logos de Dios- sino resultado de su esfuerzo autónomo, como él creía: 12, ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano, yo soy virtuoso”. Su jactancia, pues, era monódromo (camino único), la única forma. Su yo era su Dios. “Quién podía compararse con él”. Y el Mismo Dios estaba obligado a arrodillarse ante su “grandeza”.  La Realeza increada de Dios era un estado de ser o situación dada para él ya firme.

La descripción de la “oración” del Fariseo, por supuesto implica la posición y actitud del Lucifer, del primer ángel que ha caído, tal como se describe ya en el A. Testamento. El Lúcifer se presenta como “borracho” de su luz y sus virtudes, –pero en realidad es luz increada de Dios que no entiende-. “No puede ser que yo sea otra cosa sino Dios”, parece ser su pensamiento. “Montaré mi trono frente del Altísimo”. Y el resultado es más que trágico, dice el Señor: “Contemplaba al satanás cayendo como rayo del cielo”. Es decir, la caída del Eosforos (lúcifer) y su conversión en satanás, o sea, enemigo de Dios, en diablo. ¡Pero lo mismo no ocurre también con el Fariseo! El mismo comportamiento arrogante y orgulloso: “una caída estrepitosa, el rechazo de Dios, el demonismo!

(2) Porque el Fariseo “ora”, y de la altura de sus virtudes como “dios”, juzga y condena al mundo entero: “Yo no soy como el resto de los hombres”. Para ser más concreto: “como éste publicano”. Su mirada y sus palabras son “espada ardiente” para el pobre publicano, “el pecador”. Debe haber sentido astringencia en su boca, mientras estaba refiriéndose a él. Su condena se convierte en agotamiento del pecador. Quizás podría haberse preguntado cómo pueden vivir este tipo de hombres que infectan el ambiente de los “puros”  como él y respirando el mismo aire que ellos. Su oración pues, está llena de soberbia y jactancia para sí mismo, plena repulsión y condenación para el pecador.

4. ¿Pero por qué se reivindicó, se dio justicia a la oración del publicano? ¿Cómo esta energía y actitud de la oración del objetivamente pecador, flexibiliza a Dios y Él ofrece abundantemente Su jaris (gracia, energía increada) en aquel? Porque exactamente paró ante el Dios en metania (confesión, arrepentimiento, introspección y conversión). Es decir, con reconocimiento de sus pecados, que la metania le hizo sentirse humilde, insignificante y un don nadie, pero también con fe en la compasión, misericordia y en la agapi (amor, energía increada) de Dios. “Dios mío, eleisón me, que soy pecador”. En esta fe y reconocimiento de él consisten las bases de la metania. En la persona del publicano de la parábola palpamos las verdaderas señales que indican la posición y actitud que debe aceptar el hombre para ser salvado de Aquel, el Dios Mismo. Y esta actitud y conducta el Dios la califica como humildad. “En los humildes el Dios concede jaris (gracia, energía increada).

En esta posición y actitud de oración, es decir, donde el hombre está girado sobre sí mismo lamentando sus pecados, allí no hay rastro de condenación para los demás. Al contrario: el publicano dirige las flechas de su crítica sólo hacia sí mismo, libera de cualquier condenación a los demás, elevándolos por encima de sí mismo. Y eso quiere decir que: el que se observa a sí mismo y sus propios pecados, no tiene tiempo para ver los errores de los demás; o mejor dicho: ve todos los demás que son superiores. “Con la actitud y conducta humilde considerad a los demás como superiores a vosotros mismos”, nos dice el Apóstol Pablo.

¿Qué otra cosa significa la oración del publicano con las rodillas dobladas, alejado de los demás, sin atreverse a elevar ni siquiera los ojos hacia arriba?

5. Así que su oración, que es la forma o tipo de oración reivindicada o justificada por Dios, tiene la característica de la humildad, como vivencia y metania verdadera, tal como dijimos, de reconocimiento del pecado, con fe en la agapi de Dios y con falta de cualquier disposición de crítica y condenación frente al prójimo. Por eso sin duda se hizo también la forma o tipo de oración de la Iglesia. Lo «Κύριε ελέησον Kirie eleison», o con su forma más desarrollada «Κύριε Ιησού Χριστέ, ελέησόν με τον αμαρτωλόν Kirie (Señor) Jesús Cristo, eleison me, soy pecador»*,  constituye un traspaso exacto de la oración del publicano “Dios mío compadécete de mi pecador”. El publicano (recaudador de impuesto) cobró de su oración la reivindicación, salvación o justicia que dijo el Señor: “aquel bajó reivindicado, salvado”- lo mismo ofrece también la Iglesia con todo su ambiente, que se mueve exactamente en este ritmo. Y desde este aspecto el publicano para la Iglesia es el tipo de santo. Por su puesto que no por sus pecados, sino por su metania. Sabemos ya nosotros también como posicionarnos ante el Señor de modo que seamos reivindicados, salvados.

Con la parábola del Publicano (recaudador de impuestos) y del Fariseo empieza el bendito Triódion, que desemboca, como hemos dicho, en la Cruz y la Resurrección del Señor. La Iglesia nos abre los ojos desde el principio: el camino para la Resurrección es el camino de la metania y la humildad. Y la oración de este camino es la «Κύριε ελέησον Kirie eleison». Tomemos en nuestras manos, en secreto y no de apariencia, el composkini (rosario ortodoxo, cuerda con nudos de nueve cruces) y cada momento sea un nudo de esto. La oración «Κύριε ελέησον Kirie eleison» que sea el ritmo de nuestra vida. El resultado es conocido: la reivindicación, justicia divina y jaris, la energía increada de nuestro Dios.Amín. 

Protopresbitero Yeoryios Dorbarakis
 

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Traducido por: xX.jJ

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